Yo también fui abducido
A lo largo de las últimas semanas se ha hecho mucho choteo de que la nueva primera dama japonesa hubiese declarado que fue abducida por unos extraterrestres, con pedigrí eso sí, porque eran verdes (personalmente me llevaría una desilusión de confirmar que los extraterrestres fueran de otro color), además fue nada más y nada menos teletransportada gracias a un flamante ovni triangular, por lo visto no han llegado las “low cost” al mundo de las abduciones.
Curiosa esta señora, proveniente de la revista musical (también se le llamará “género chico” en Japón?; … perdón por el chiste malo) y que escribe libros de recetas, que su marido gustoso incluye en su página web personal. Sin duda esta pareja van a dar que hablar; por favor que Silvio monte una cumbre en Cerdeña ya.
De todas formas, desde este rinconcito, sí quería manifestar todos mis respetos y mi solidaridad con la Sra. Hatoyama, ya que debo declararles que yo recientemente también fui abducido.
Fue en una de esas tórridas noches de verano, cuando al salir de cenar con unos amigos, alguien tuvo la infeliz idea de querer cruzar la frontera trazada por la Gran Via, “para ver qué ambiente había por el Gótico” creo que fueron todos sus motivos,… al menos los confesables.
De repente me encontré rodeado de extraños alienígenas de un tono rosado intenso; que llenaban las calles semi desnudos, congregados alrededor de extraños totems inmóviles a los que aparentemente adoraban con un silencio reverencial. Postura que contrastaba con el barullo y ajetreo que adoptaban una vez abandonaban la, aparentemente, improvisada adoración y se sentaban formando círculos mientras injerían con especial delectación jarras de un desconocido brebaje rojizo, que probablemente sería uno de los motivos principales para el tono rosáceo que lucían.
Ante semejante panorama y cuando el miedo ya se estaba apoderando de mí, hasta prácticamente inmovilizarme, con el riesgo de poder ser pasto de alguno de esos rosaditos humanoides que de vez en cuando cruzaban a toda velocidad a bordo de extrañas monturas de metal reforzado de color rojiblanco; apareció alguien que me agarró por el brazo para sacarme de ahí. No recuperado del shock inicial y en la creencia que aquellos seres eran efectivamente hostiles, de su voz salió por fin algo inteligible que me tranquilizó definitivamente y me acabó situando en mi propia ciudad de la que en realidad no había llegado a salir…. “Quiere chupá, chupá…??”
Fdo. El lobo estepario